Opinión

Algún lugar encontraré

Por Claudia Mostajo Díaz (*)

Admiro la felicidad de la gente simple o la simpleza de la felicidad. Por eso la busco.  Quizá es un modo de absorber aquello que no poseo y que secretamente también envidio. Me gustan los lugares donde lo único necesario para tenerlo todo, son los sentidos: El oído para escuchar la voz del mar, el tacto para sentir la caricia de la arena.

A Rosa la conocí una tarde de verano en Lagunillas, Paracas. Atiende el más pequeño y modesto restaurante cerca al balneario. Hay dos restaurantes más, pero Rosa y su esposo, un pescador artesanal, son los únicos que viven ahí todo el año.

En Lagunillas, playa de la Reserva Nacional de Paracas, hacen su última parada los buses llenos de turistas para almorzar y refrescarse un momento antes de retornar al pueblo. Cuando acaba la tarde, el bullicio termina y el vaivén de la gente se detiene. Todo cobra un aspecto fantasmal rodeado de mar, desierto y los graznidos de pelícanos que se asoman al ocaso.

Rosa es una pequeña mujer de piel tostada como la arena. Pies anchos y manos rugosas. Su cabello blanco siempre lo lleva atado. La primera vez que la vi, llamó mi atención su habilidad para darle vueltas a su enorme sartén para freír el mero que cenamos esa noche con mis pequeños. Quedó crocante solo sazonado con sal y acompañado por una porción de arroz tan bien hecho que podía contar los granos.

Le pregunté si era seguro pasar la noche acampando en la playa. Me dijo que sí. Me ofreció agua tibia, café con leche y el pórtico de carrizo de su restaurante por si me animaba a dejar la carpa para dar una vuelta por el lugar. Así lo hicimos. Salimos a caminar descalzos por Playa Roja mientras el solcito se desmayaba al fondo tiñendo todo de naranja.

A la mañana siguiente, mientras Rosa preparaba el desayuno, nos animó a ir a pie hasta La Mina, una pequeña caleta de arena blanca ubicada entre dos riscos enormes y con cuevas rocosas. Caminamos un kilómetro sobre la loma desierta llena de fósiles marinos y, al frente, el azul turquesa del mar de Paracas. Al llegar acabó el cansancio y empezó el festival para los sentidos. El eco entre los peñascos sonaba como un canto dulce y suave, conmovedor como el recuerdo de un piano ancestral. La arena como un fino polvo blanquecino, mima la piel como el roce con los pétalos de las flores.  Y no muy lejos, vimos pasar vainas de delfines silbando, confundiendo sus voces con los sonidos de pelícanos, zarcillos, chorlitos, chuitas y gaviotas que quizás volaban buscando la misma paz que yo.

Rosa nos esperó con pescado fresco y sopa caliente sobre la mesa. Esa noche dormí junto a mi pequeña familia cobijados bajo un manto de estrellas y una luna mágica coronada por un halo de luz azul que no había tenido tiempo de ver antes.

A la mañana siguiente, antes de partir, le pregunte a Rosa si alguna vez quiso irse para no volver, si no le daba miedo que un día el mar se salga y se lleve todo, si extrañaba algo, cómo hacía para vivir lejos de sus hijos que están en Lima, si sólo su pequeña radio le basta para  saber lo que pasa en el mundo. Ella, concentrada en la cocción precisa del pescado y casi sin mirarme, pero con una breve sonrisa, me contó que se hace esas preguntas todo el tiempo y siempre se responde: este es mi lugar y la gente es feliz donde está su lugar. La miré, correspondí a su sonrisa y la admiré más.

Partimos esa mañana. Mi equipaje de viaje sumó futuros recuerdos, experiencias, la sabiduría de Rosa y la pulsera hecha de caracolas que mis hijos recogieron de la playa. Lo único que quedó navegando en mi cabeza fue la idea de no saber exactamente cuál es mi lugar, nuestro lugar. Algún lugar encontraré.

* Periodista y viajera.

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