Opinión

El ladrón de goldfish

Un texto sobre las lecciones que nos dan nuestras madres y, aunque en su momento dolieron, nos cambiaron para siempre la existencia.

Por Juan Pablo Olivares (*)

De un solo grito mi madre me llevó hasta el baño. El castigo era inminente. Cogió un pedazo de manguera y me dio tres azotes mientras el agua fría caía como finos latigazos. Intentar robar unos goldfish me costó quedar con el culo del mismo color que el de esos peces.

Con James y Carlos, amigos del barrio, decidimos entrar a la casa de un vecino para robar los golfish que tenía en una pileta en medio del patio.

Sentimos miedo –teníamos diez años–, pero no había marcha atrás. Ese día actuaríamos en banda.

La misión de James y Carlos era avisar si asomaba el dueño mientras yo intentaba atrapar los peces con la mano. El agua estaba helada y algo musgosa. Crecía el temor y no conseguía coger ningún golfish. No sabía que eran tan rápidos y movedizos. Pasaron cinco, diez, quince minutos y no atrapé ninguno. Nos dimos por vencidos y empezamos a huir sin el botín.

Cuando todo estaba por terminar como una simple aventura, el dueño de la casa asomó por la ventana y pegó un grito. Mierda, ya fuimos, nos dijimos, y corrimos como carteristas.

Nos refugiamos en la casa de Carlos con la complicidad de su hermana. Estuvimos encerrados un par de horas, pálidos por el susto.

Sabíamos que, tarde o temprano, nuestro escondite sería descubierto. Delinquir en el barrio fue una pésima idea. El dueño de los golfish le contó todo a mi madre.

Al asomar la tarde, tuvimos que dar la cara y enfrentar el brazo duro de la justicia. Por un momento alimenté la esperanza de que mi madre pasaría por alto el delito o que mi abuelo y mi tía abogarían para evitarme el castigo. Pero no, al llegar a casa la sentencia fue fría y dolorosa. Mamá, con tres azotes, frenó en seco mi corta carrera delictiva.

* Periodista.

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