Opinión

El ojo de Broncano

Eterna carne de presidio. Eterna promesa de cambio. Sus ingresos al Penal de Lurigancho compiten –en cantidad– con las veces que juró convertirse en otra persona. Nunca pudo derrotar los vicios. Hoy mira la vida solo con el ojo derecho.

Un ojo le basta para ver que su vida no tiene mucho panorama desde que bajó de los cuadriláteros.

El paisaje es oscuro. La miseria, el lugar común. El único pastel que llega a sus manos no es para comer, sino para fumar.

«Para lo que hay que ver en esta vida —le dijo a un periodista—, un ojo basta».

Mario Broncano siempre ofrece una buena historia. Ex boxeador que pudo ser campeón del mundo. Innumerables combates perdidos contra las drogas. Padre de dos hijos y dos nietos. Faite cincuentón. Ex presidiario. Feligrés de una iglesia donde dice que Dios le ha ofrecido el último round en su pelea contra la vida.

Cuando cumplió dieciocho años, tenía —literalmente— el mundo en sus manos. Campeón Sudamericano. Todo servido para luchar por el título mundial. Nunca se dio la oportunidad.

Lo que repitió, una y otra vez, como un gancho directo a la mandíbula, fue su retorno a prisión.

En una bronca callejera perdió el ojo izquierdo.

Un palo con clavo le reventó el globo ocular en la más triste de sus derrotas.

Salió del estado de coma dos veces. También venció a la Tuberculosis. No pudo contra las malas juntas.

En la calle y la cárcel, contrajo la adicción por el desastre.

El abandono.

El desperdicio.

El Perú quizás sea como Mario Broncano. Su droga: la corrupción. Su promesa: el cambio. Y si Broncano se encomienda a Dios para escapar de sí mismo, el Perú busca en su gente lo que Dios no puede mejorar con milagros.

Ambos tienen una esperanza. Eso, al final de cuentas, sirve para seguir mirando el futuro.

No importa si es con un solo ojo.

Mario Broncano

 

 

Agregue un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *