Opinión

El vuelto

Mi madre me cortó las uñas de ladrón desde muy pequeño. Una tarde nos mandó a comprar huevos a mi hermano Marco y a mí a la tienda de los Choque, una pareja de esposos que nunca tuvieron hijos y que siempre nos trataban con mucho cariño. Nos decían “los zambitos” por nuestro cabello ensortijado.
Esa tarde nos atendió la esposa. Nos despachó cuatro huevos. Le pagamos con cinco soles y nos dio vuelto de diez. Marco me miró sorprendido como buscando una respuesta en mis ojos. Entonces le ordené con la mirada que guarde el vuelto. Dudó, hizo el ademán de querer avisarle a la señora de su error, pero le metí un pisotón.
Salimos de la tienda y le empecé a calentar la cabeza con todo lo que podríamos comprar con esos cinco soles de más que tenía apretados muy fuerte en su mano. Llegamos a la primera esquina y quiso regresar. ¡No! Le grité. Podíamos comprar chupetines de caramelo, un par de trompos, chocolates triángulo de D’Onofrio. Era una fortuna en nuestras manos. Nos sentíamos nuevos ricos.
Marco no retrocedió y seguimos caminando de regreso a casa, yo le seguí llenando la cabeza con nuestras infinitas posibilidades de compra.
Era simple: entrábamos a casa, dejábamos los huevos en la mesa de la cocina, le dábamos los tres soles ochenta de vuelto a mamá y nos quedábamos con los cinco restantes. Pero como ocurre en todas las historias de ladrones primerizos, hubo una traición. Marco se echó para atrás. Se arrepintió en el último instante y entregó todo el vuelto.
–Mira ma, nos han dado cinco soles de más–. Le dijo poniendo todo el sencillo en las manos de mi madre. Luego el condenado soltó una sonrisa, como esperando un premio por querer convertir a mi madre en cómplice del robo.
Ella lo miró, nos miró con furia y lanzó un gritó:
– ¡Carajo! en esta casa no quiero rateros. Vayan en este momento a devolver esa plata a la tienda. Y piden perdón, sino no regresen.
Se nos vino abajo nuestro mundo de chocolate. A mí me dolió más el grito de mi madre que perder los cinco soles. Cogimos el dinero y volvimos a la tienda de los Choque sin decir una palabra. A ratos miraba con odio a mi hermano, pero sabía que también era mi culpa y no le decía nada. Éramos un par de cómplices compartiendo la derrota.
Antes de atravesar la puerta de la tienda me dio la plata y me ordenó: “Tú lo devuelves”. “¿Estás loco?”, le respondí. Con cuatro años más que yo (él doce, yo ocho), Marco impuso su poder pechándome. Agaché la cabeza, tomé valor y llamé: “A despachaaaar”. Mi voz salió débil. Marco gritó más fuerte y la señora Choque salió secándose las manos en su mandil.
– ¿Qué se han olvidado de comprar mis zambitos? –. Nos preguntó.
–Nada señora, solo que usted se ha equivocado y nos ha dado más plata. Perdón–. Le dije a secas mientras ponía todo el vuelto sobre el mostrador.
Sonrío como nunca lo había hecho antes mostrando su dentadura con varias incrustaciones de oro. “Tiene oro hasta en la boca y debo devolverle cinco soles”, pensé. Me acarició la cabeza y felicitó nuestra honradez. Nos dio el vuelto que nos correspondía y abrió su vitrina más admirada, la de madera café y vidrio reluciente donde guardaba los chocolates. Sacó un par de triángulos de D’Onofrio y los puso en nuestras manos. Retornamos a casa felices con la dulce alegría de la conciencia tranquila. Siempre me he preguntado qué habría sido de Marco y de mí si mi madre no nos habría enviado a devolver el dinero ajeno a esa edad y si la señora Choque no premiaba nuestro acto con sabrosos chocolates.

* Jorge Turpo Rivas

 

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