Crónica

Eloy Cacya, el hombre que encuentra

Por Jácoby Codina Villaorduña (*)

Una tarde de abril de 2016, Eloy Cacya recibió la llamada de una mujer. Su hijo estaba perdido veintitrés días en el volcán Misti. Un periodista le había dado el número. Eloy ya era un montañista reconocido por haber hallado los cuerpos de dos jóvenes perdidos en la montaña y el desierto. Modesta Sucasaca no lo sabía, pero en su afán de hallar a su hijo, todo valía. Eloy aceptó. No sabía si lo hallaría vivo o muerto.

La desaparición de alguien es pura incertidumbre:

Miedo.

Angustia.

Esperanza vana.

Eloy Cacya puede perderse en la ciudad, pero nunca en las montañas. Creció en Pinchollo, un pueblo del Cañón del Colca, a cuatro horas de Arequipa, la segunda ciudad del Perú. Cuando era niño, se sentaba a escuchar a sus abuelos que le contaban las aventuras que vivieron en las montañas. Con uno de ellos hizo su primer viaje a pie, llevando ganado para vender. Viajar a la ciudad era un premio, Eloy lo obtuvo a los diez años.

El viaje tardó cuatro días. Lo hicieron en burro, llevando maíz tostado y charqui (carne secada al sol) para comer y un pedazo de piel de borrego para abrigarse. Eloy estaba ansioso por conocer el pan, la fruta y el arroz.

—Yo crecí comiendo maíz, quinua y kiwicha todo el tiempo. Estaba harto. Comer una fruta era un sueño. Hasta hoy, comer pan y arroz son las cosas que más me gustan.

Cuando llegó, al ver unas cajas con personas hablando dentro, Eloy se quedó inmóvil. Era una televisión.

—Mira abuelito, la gente se ha metido en esa caja y está hablando.

Dijo. Luego pensó: Algún día hablaré en esa caja.

En la ciudad aprendió a tener rencor. A odiar.

Luego de vender el ganado, su abuelo lo dejó trabajando en una ferretería. El dueño era un calvo que le obligaba a rascarle la cabeza con un clavo cuando leía el periódico. También lo encerraba en un cuarto. Eloy era como un animal silvestre y se sentía prisionero. Lloraba todo el tiempo.

—Tenía tanta hambre que llegué a comer comida para pollos.

Al cabo de un mes, Mauricio, su hermano mayor, lo rescató y regresaron a Pinchollo.

Eloy es el cuarto de siete hermanos. Cuando era niño jugaba más con Rufo. Cazaban aves con resorteras y correteaban caballos salvajes para montarlos. Al ponerse el sol, si estaban peleados, se daban una tregua para hacer sus deberes: ordeñar las vacas, hacer quesos y juntar leña.

En el valle del Colca, el cóndor es un ave sagrada. La familia de Eloy, cada año, hacía un ritual: La Tincaya, un agradecimiento a la tierra por la cosecha y el ganado. Ismael, papá de Eloy, representaba al cóndor (Apu o protector). Él y sus hermanos eran sus crías. Se reunía toda la familia cuatro o cinco días en febrero. Mataban un cordero, le sacaban el corazón palpitante y lo ofrecían como ofrenda a la Pachamama (madre tierra).

En la escuela, a Eloy le gustaba sentarse en primera fila, pero su profesor de matemáticas lo enviaba al medio para que no llegue tan rápido a la pizarra cada vez que pedía un voluntario. Todas las mañanas, antes de ir a clases, tenía que llevar a pastear sus animales. Luego caminaba una hora para llegar al colegio. En el camino practicaba la tabla de multiplicar.

El niño Eloy quería ser policía.

—Tenía un primo que cumplía años el mismo día que yo y también se llamaba Eloy. Entonces yo pensaba: Si mi primo es policía y se llama Eloy, debo ser igual.

A los doce años regresó a la ciudad. Trabajaba de día y estudiaba de noche, así terminó la secundaria.

De su madre, Lucrecia, dice que heredó las ganas de ser alguien. De su padre, aprendió a ser honesto. Lucrecia nunca fue a la escuela.

—Es una mujer trabajadora. Hasta ahora vende maíz a pesar de que mis hermanos y yo le decimos que ya no trabaje. Mi papá, en cambio, era un hombre duro: su vaca, su campo y punto.

El caso Ciro Castillo conmovió al país.

***

La primera vez que Eloy Cacya estuvo en la televisión fue cuando halló el cuerpo de Ciro Castillo, un universitario que murió en las montañas del Colca. La búsqueda duró siete meses.

—Miré una mancha roja en medio de las rocas, era como un lunar en medio de la montaña—. Dijo en la entrevista.

El caso Ciro Castillo mantuvo en vilo al Perú casi todo el 2011. Se convirtió en un caso mediático. Algunos medios armaron una especie de telenovela alrededor de su pérdida. Hubo muchos ingredientes que alimentaron la historia. Todos los días ocupaba la portada de los diarios y titulares de los noticieros.

Ciro y su enamorada Rosario Ponce se perdieron el 4 de abril de ese año. Estaban de vacaciones en el Cañón del Colca y se extraviaron mientras hacían una caminata. Nueve días después encontraron a Rosario en una de las quebradas cercanas al nevado Bomboya. La universitaria fue llevada a un hospital de Arequipa. Estaba deshidratada. No sabía qué había pasado con Ciro. Solo contó que cuando se perdieron, él dejó el refugio y salió a buscar ayuda. Nunca más regresó.

Como la búsqueda no daba resultados, se especuló que Rosario escondía algo. Algunos hablaron de un presunto homicidio.

Mientras tanto, Ciro Castillo Rojo, padre del joven, se mudó al valle del Colca. Los medios lo apodaron “El padre coraje”. Solo descansó cuando Eloy Cacya lo llamó para decirle que lo encontró.

El montañista empezó a buscarlo cuando llevaba perdido dos semanas. Lo hacía por su cuenta. Luego, el papá del universitario lo contrató para que lidere la búsqueda junto a rescatistas particulares, un vidente y “Los topos de México”, una pareja de rescatistas conocidos por su labor en hallar personas tras los desastres naturales.

Días antes del hallazgo, estaban cansados y las provisiones eran escasas. El equipo se rendía. Todos, excepto Eloy, querían ir a Fortaleza, una montaña ubicada a un día de camino de donde estaban. Eloy llamó al padre de Ciro.

—Las cosas están así, doctor. La gente ya se quiere ir—. Le dijo.

—Y tú qué piensas, Eloy—. Le preguntó.

—Es mejor quedarnos a buscar cerca al Bomboya.

—Tú decide. Mañana les mandaré comida y flores del Señor de los Milagros —le dijo—. Esparce las flores en el camino.

En las cercanías del Bomboya, llegaron a un precipicio. Eloy decidió bajar por curiosidad. Algunos de sus compañeros se opusieron. Dos descendieron de mala gana. Luego de unos minutos, avisaron que la cuerda no alcanzaba. Eloy bajó a ayudarlos. Fue el primero en pisar tierra luego de ciento ochenta metros. Una vez en la pequeña explanada, los envió a que revisen el lugar. Regresaron sin novedades. Eloy se mantuvo en silencio. Recordó su sueño de hace dos noches: Huesos humanos en un sendero.

—Mira, allí en las rocas, hay una mancha roja.

Dijo sereno. Uno de sus compañeros sacó la cámara fotográfica.

—Es el cuerpo. Lo encontramos.

Gritó tras hacer un acercamiento con el zoom. Esa tarde del 16 de octubre, a Eloy no le importó el impacto mediático que tendría el hallazgo. Le preocupaba más subir antes de que anochezca.

La investigación judicial sobre la muerte de Ciro Castillo, descartó el homicidio. El joven se desbarrancó.

***

A dos meses de cumplir ochenta años, en agosto de 2017, Pedro Pablo Kuczynski, presidente del Perú, dijo en el aniversario de Arequipa, que quiere escalar el Coropuna, la tercera montaña más alta del país.

Quiere que Eloy Cacya sea su guía.

–Algo así había escuchado –dijo el montañista–. No lo creí. Para mí sería un honor que alguien como él se fije en mi trabajo.

Eloy se hizo montañista hace diez años. Pero en su juventud intentó ser policía. Primero se enroló a la Fuerza Aérea donde aprendió paracaidismo. De esa época recuerda que por fin pudo volar como un cóndor. Su primer aterrizaje dolió. Cayó sobre una piedra. No se quejó. Tres frases eran prohibidas durante el entrenamiento: No me gusta, no quiero, no puedo. Para aprobar el curso tenía que hacer cuatro saltos. En el último sintió que su pierna no resistiría. Llegó el momento: 3, 2…1. Eloy no abrió los ojos en el aire. Cuando lo hizo, estaba flotando a un metro del suelo.

—Mi velamen se atoró en la copa de un árbol y amortiguó mi caída sobre un campo de cultivo, al lado del cuartel. Unos agricultores me ayudaron a sacar el paracaídas. Me dieron chicha y me dijeron: Siempre aterriza aquí para invitarte.

Se graduó y empezó el curso para ser auxiliar de instructores de operaciones de Fuerzas Especiales. Aprendió a escalar, nadar, leer cartas geográficas en el desierto y soportar todo tipo de clima. Sobrevivir.

Terminó el curso con éxito y enseñó a otros suboficiales. Todo, para cumplir su sueño de ser policía.

—Con mi físico como el de un toro, postulé a la Policía. Incluso fui con mi uniforme militar y me dijeron: No, eres muy chato —recuerda Eloy con su metro sesenta y cinco de estatura—. Eso me decepcionó.

Se dedicó a la vida civil en Lima. Trabajó dos años en una imprenta y conoció a la mujer con quien tuvo su primera hija. Tenía veinte años. No quiso formar una familia y se fue a Córdoba, Argentina. Trabajó como obrero de construcción. En su tiempo libre, practicó buceo.

Cuando tuvo estabilidad, llamó a la madre de su hija y le dijo que se muden con él. Solo estuvieron diez meses juntos en Argentina. La relación no funcionó.

Eloy se quedó un año más. Pudo tener la residencia argentina, pero decidió volver al Perú porque extrañaba su pueblo.

—Tal vez algún día regrese a recoger mi carnet de residente—. Bromea.

En Pinchollo lo eligieron Juez de Paz y llegó a ser presidente de su comunidad. En Argentina se dio cuenta de que el turismo era un negocio rentable. Quiso replicar la experiencia en su tierra. Con otras autoridades crearon el primer equipo de guardaparques para cuidarla y promocionarla.

Dos años después conoció a Carlos Zárate, un experimentado alpinista que le recomendó ir a Huaraz a una de las siete escuelas de la Unión Internacional de Asociaciones de Guías de Montaña. Dejó su trabajo de guardaparque y partió. No tenía botas, crampones,  mosquetones, carpa, cuerda, colchoneta, ni bolsa de dormir. En Huaraz le prestaron los equipos.

En esos días, Eloy ya había formado una familia con otra mujer. Tenían dos hijas. El curso duraba tres años, pero él lo terminó en seis por falta de dinero.

—Te preparan para guiar una vida y traerla de vuelta.

Dice, Eloy. El 2007 se graduó de Escalador y Guía Profesional de Alta Montaña.

Cacya en la prensa. Portada B del suplemento Domingo del diario La República.

***

En la sala de los Toledo Carlos, hay dos cuadros con la fotografía de Olivier: Uno a la entrada sobre una mesa con una vela encendida y otro colgado en la pared. Una noche, hace cuatro años, la mamá de Olivier no podía dormir. En su angustia, vio a su hijo entrando a la habitación. «Por qué no me buscaste antes», le gritaba llorando. Desde entonces, Isabel habla con los retratos de su hijo. «Te estas riendo conmigo hijito». Suele decirle.

La familia Toledo Carlos era muy devota de la Virgen de Chapi hasta que Olivier, el hijo menor, salió de peregrinaje a su santuario con un grupo de amigos y no volvió. Su hermano Rick, dejó de creer en la Virgen. Su mamá no le reza hace cinco años.

El segundo cuerpo que encontró Eloy Cacya, fue el de Olivier Toledo. Sus familiares y amigos lo buscaron diez días en el desierto entre Arequipa y Chapi. Incluso helicópteros sobrevolaron la zona. Luego, llamaron a Eloy. Él tardó un día.

Antes de iniciar la búsqueda hizo un pago a la tierra con hojas de coca, vino y flores. Eloy quería encontrar una huella. Los familiares de Olivier habían recorrido la mayor parte del camino a Chapi. Al mediodía del 10 de mayo de 2013, el montañista encontró huellas de zapatillas y del bastón que Olivier arrastró hasta perder la vida.

—Ahí está—. Dijo Eloy.

Parecía que estaba vivo. Uno de los familiares quiso ir a abrazarlo.

—No, no lo toques —le dijo Eloy—. Hay que gritar, si se mueve, está vivo.

Olivier estaba sentado. Murió tocándose la mejilla como un bebé.

Cuando Eloy encuentra un cuerpo, no lo toca. Memoriza la ruta y avisa a las autoridades. Siente alivio. Evita ver fijamente los cadáveres. Teme recordarlos.

***

Eloy Cacya calma angustias. Lo contratan para buscar familiares perdidos. Cada vez que lo llaman, piensa en sus hijos. La confianza que tienen en él, lo compromete. El dolor de los padres se convierte en una presión enorme. No quiere fallares.

—Empiezan a verte como el único que los puede ayudar. Si te ubican, no puedes retroceder.

Por eso, nunca se niega.

Siempre que sale a una montaña lleva su chuspa, una bolsita roja con diseños andinos bordados en verde, amarillo y azul que usa para guardar hojas de coca. Las chaccha (mastica) de vez en cuando. Evita el hambre y el cansancio.

Eloy pesa sesenta y siete kilos pero no tiene una dieta estricta. Solo se cuida de los alimentos procesados. Tampoco practica deportes, pero sube y baja montañas sobre los cuatro mil metros de altura. Subió los dos picos del Huascarán en un solo día. A sus cuarenta y nueve años, jamás se perdió en una montaña.

Sus manos son como dos herramientas gastadas. Se sienten como lija cuando te saluda. Son pequeñas, con dedos gruesos y uñas como garras. Solo cuando te mira a los ojos olvidas sus manos fieras. Mira con timidez. Su rostro te recuerda la figura de un Inca. Tiene la cara huesuda. Sobresalen sus pómulos, sus labios gruesos y su nariz filuda y desviada.

Eloy es un sincretismo católico – andino.

Algunos domingos va a misa. Todos los días reza el Padre Nuestro. Se encomienda a San Isidro y San Sebastián, patrón de Pinchollo. También a las vírgenes de Chapi y Copacabana. Cada año hace un pago a la tierra. En la cultura andina, cada quien tiene un Apu protector, un padrino, un ángel a quien venerar.

—Soy tu hijo, no vengo a hacerte daño, vengo a quererte. Protégeme.

Dice, Eloy, como una oración a la tierra antes de subir a una montaña. Al buscar a una persona desaparecida, se hace uno con la naturaleza. Para él, ella está viva.

También analiza sus sueños.

—A veces te revelan el futuro. Lo que pasa es que la gente los menosprecia.

Dirá para explicar cómo es un día de búsqueda en la montaña. Primero raciona sus alimentos y bebidas. Consume lo mínimo hasta el final del día. Bebe solo cuando es necesario y come conservas de atún, galletas, golosinas y agua. Divide la búsqueda en sectores.

Se guía por su intuición.

Eloy no usa lentes de sol en la montaña. Tiene miedo de caerse, que se rompan y quedarse ciego. Prefiere usar sombrero.

El montañista tiene cinco hijos con su segunda pareja. Quiere heredar sus tradiciones y creencias a su pequeño Eloy, el único varón.

—Es nuestra raíz, esta es nuestra cultura. Nuestro padre—. Le dice.

Su sueño más grande, después de hacer feliz a su familia, es subir al Everest.

—Es un secreto —dice—. Que se quede entre nosotros. Sé que no pasará mañana, pero algún día.

Ya lo soñó. Ahora espera que ocurra.

***

Thomas Itusaca tiene problemas para dormir. Cuando lo logra, sueña con dos conejos. Uno desaparece corriendo, el otro sangra y se retuerce en el suelo. Despierta y la pesadilla continúa: Dar a su hija por muerta o seguir esperándola en las madrugadas. Aun no se decide.

Nicol, su hija de diecinueve años, se perdió en la ciudad en 2014. Desapareció. Eloy no pudo hacer nada para ayudarlos. La ciudad no es su campo de acción. Thomas y su esposa se resignaron. Buscaron en todos lados, hasta en burdeles. Creyeron que pudo ser captada por una mafia. Pegaron carteles, le pasaron misas, hablaron con los implicados. Nadie dio señales.

No saber si vive o está muerta los consume lentamente. Quieren vengarse ¿Pero de quién? Tal vez del tiempo. ¿Cómo? Viviendo para los que aún viven. Recordando a Nicol todos los días.

—No se supera, solo aprendes a vivir con eso.

Dice, Thomas Itusaca. Los familiares necesitan culpar a alguien. Empiezan por el resto y terminan con ellos mismos. Aprenden a desconfiar de todo. De todos.

Todavía hoy, tres años después, Nicol está desaparecida.

***

A Jhon Barrientos lo hallaron muerto el día de su cumpleaños. Él y su madre nacieron el mismo día. Para ella, recibir la noticia, fue un regalo de cumpleaños y, al mismo tiempo, el inicio de un dolor eterno.

La noche previa al hallazgo, después de seis días buscando, Eloy Cacya soñó con Jhon: La mitad de su cuerpo estaba enterrado en la arena.

Séptimo día. Suben al Misti. Eloy no quiere perder ninguna señal. Ve volar unas aves grises. Son águilas. Son seis y salen volando de un mismo lugar. El corazón retumba. A veinte metros, observa una mancha negra.

—Mira, allá está la mochila.

Dice a su equipo, sin estar seguro de lo que tiene ante sus ojos.

Jhon murió recostado en un refugio que había armado con piedras y arbustos.

—Parecía que no tuvo más valor para moverse —recuerda Eloy—. Se resignó a morir.

Modesta, su madre, no perdió la esperanza hasta el final. Ese día, ella cumplía cincuenta años. Su hijo treinta y dos. No hubo último abrazo.

Eloy, el hombre que encuentra, aún no rescata a un hombre vivo, pero vive para encontrarlos.

 

Jácoby Codina Villaorduña es estudiante de Periodismo de la Universidad Nacional de San Agustín. 

5 Responses

  1. Saben como puedo contactar a Eloy Cacya? Alguna información que pueda ser mandada a mi correo ?

    1. No estamos autorizados a dar su número telefónico. Una manera de contactarlo es a través de su cuenta de Facebook. Saludos.

  2. Excelente crónica!, me encantó. Muy buena historia!.
    No dejes de escribir!

  3. Excelente, crece crece, salta salta, pequeño saltamontes

  4. El personaje Eloy, es la descripción genuina de un hombre formado con la cosmovisión sincretista y mística. El autor, es fenomenal porque mantiene un respeto, respetable, que valga la redundancia, a ese forma de ver la realidad, aun sin compartirlo. Excelente Crónica.

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