Opinión

Madre de Dios, la tierra donde predicará el Papa

Por Enrique Zavala /

Madre de Dios es un lugar más que simbólico para la prédica del papa Francisco en su primera vista al Perú. Es un lugar con una historia de alta temperatura no solo por el clima de la selva sino por las sucesivas fiebres del caucho, del petróleo y del oro, que han forjado su capital, Puerto Maldonado.

Allí se ha formado una escabrosa sociedad, donde el paralelismo entre los aborígenes y los inmigrantes y entre la legalidad y la tierra sin ley, crea una realidad de pujanza y esfuerzo y también de extracción ilegal de oro y depredación de la selva, trata de blancas y esclavitud laboral y sexual.

Alfredo Herrera, un periodista, escritor y ex funcionario del Gobierno Regional de Madre de Dios, describe a Puerto Maldonado como un pueblo andino en medio de la selva. No hay mestizaje con los aborígenes. Es un pueblo que se hizo con gente que llegó de Puno, Cusco y Ayacucho, para explotar la riqueza de la región.

Allí se festeja a la Virgen de la Candelaria tan igual que en Puno. Los migrantes han llevado sus devociones católicas desde sus tierras de origen y las siguen cultivando.

Los aborígenes viven aún en medio de la selva, distantes de la ciudad y de alguna manera de su influencia, pero asechados por mineros ilegales que se han metido a zonas protegidas buscando las pepitas de oro.

La Pampa es una  zona donde la ley no funciona. Tiene su propia organización, donde todos, o casi todos, andan armados. Es un submundo donde el alcohol, la droga y la prostitución son parte de la “diversión”.

Los fiscales, los policías y menos aún las autoridades políticas llegan allí. Algunas veces han entrado, pero esporádicamente. Son campamentos mineros que van cambiando de lugar. Con dragas depredan la selva, haciéndola pampa para sacar el oro.

Herrera recuerda que una vez, en un gran operativo, lograron rescatar de los bares de la zona a treinta y ocho mujeres, varias menores de edad, que habían sido secuestradas en otras partes del país, o traídas con engaños, para ser esclavizadas sexualmente.

«Las autoridades no sabían qué hacer con ellas, dónde llevarlas, cómo entregarlas a sus familias, cómo insertarlas en la sociedad. Muchas pedían regresar porque no sabían qué hacer, tenían miedo a represalias y, además, porque allí tenían comida segura», dice.

Éste es el segundo Papa que viene al Perú. Hace tres décadas vino Juan Pablo II durante la época del terrorismo. Fue Ayacucho, punto fuerte del sanguinario Sendero Luminoso, el lugar donde su discurso de paz tomó forma real.

«Pero el Estado no aprovecho eso», sostiene Herrera, quien cree que la llegada de Francisco puede ser un punto de quiebre en la selva siempre y cuando el gobierno impulse una intervención y arme y ejecute un buen plan.

El mensaje del papa Francisco tiene que ver con la preservación ambiental, pero sobre todo con el respeto a las personas que ha dicho no son números, sino seres humanos con dignidad. Su discurso y Madre de Dios calzan como cóncavo y convexo, y será escuchado y visto por el mundo, generando una oportunidad de cambio que este gobierno puede aprovechar… o no.

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