Crónica

Mi Mundial

Por Claudia Mostajo Díaz (*)

Todavía no entiendo eso del offside, orsai, fuera de juego, posición adelantada o como se llame, pero nunca me pierdo un partido de Rafa. Ahora es arquero. Al inicio, cada vez que estaban por fusilarlo en su arco, se me encogían las tripas. Luego te enteras de que un pelotazo no mata y pierdes el miedo. Mi hijo es feliz con sus guantes, jugando y sudando.

No siempre fue así. Hace unos años, cuando empezó la escuela inicial, su vida era un carrusel de inhaladores de colores que alternaba a lo largo del día. El verde, a las seis de la mañana; el marrón, cada cuatro horas; el azul, cada seis; y, cada ocho, el morado. El asma te vuelve dependiente, paciente y constante. Había que recordar a qué hora tocaba cada uno sin confundir las tapas. Rafa dependía de ellos como un futbolista de la pelota.

En sus primeras vacaciones de medio año apareció la tosecita y luego la asfixia. Tomó jarabes de todo tamaño, color, sabor y costo. Nada funcionó. También probamos con yerbas, ajos fritos y leche mezclada con eucalipto. La tos era cada vez más agresiva.

Una noche, mientras trabajaba en una audiencia judicial, mi celular sonó con insistencia. No podía contestar. La lectura de sentencia se extendió varias horas. Era mi madre la que llamaba una y otra vez. Renegué porque que ella sabe que a veces debo cumplir esos turnos y no puedo contestar el teléfono.

A las tres de la mañana, apenas terminó la audiencia, mi madre volvió a insistir.

–Estoy con el bebe en el hospital, lo van a internar, ven–. Cortó. Me arrepentí de no haber enviado siquiera un mensaje de texto toda la noche.

Aparecí en la sala de emergencias sudando frío, avergonzada y desesperada. Mi madre estaba sentada sobre una larga banca de madera. Tenía en su regazo, envuelto en una manta azul, a Rafa. No me miró, sólo me ordenó que no haga bulla. Luego me contó que las enfermeras sufrieron para encontrarle la vena donde inyectarle el medicamento. Su manito todavía tenía la vía intravenosa sujeta a una férula de madera. Sus ojitos estaban hinchados de tanto llanto, su piel azulada, casi morada. La crisis de asma lo dejó exhausto. A mi miedo se sumó el remordimiento. Me sentí inútil.

–¿Usted es la mamá? –. Me preguntó la enfermera.

– Sí.

–Pase a firmar la autorización para hospitalizar a su hijo.

A los minutos se llevaron a Rafa en una camilla. Mi madre no me decía nada, solo lloraba.

Rafa se quedó quince días en el hospital. Sus abuelos, su papá y yo nos turnamos para cuidarlo y ayudar a las enfermeras con los inhaladores. Aprendimos a aplicarle las dosis correctas. Los colores ayudaron mucho para cuando le dieron de alta.

Esas vacaciones, Rafa no salió a jugar. El menor esfuerzo le provocaba tos. No podía correr, gritar ni saltar como los otros niños.

Cuando llegó el momento de volver al colegio, tuve que advertir a las maestras sobre la ferocidad del mal y encargarles, a cada una, los horarios de los inhaladores de colores. Todas aceptaron ayudar sin problema. Víctor, el profesor de Educación Física, fue el único que se negó.

–Señora –me dijo mirándome a los ojos–, no hay nada que el deporte no cure–. Me aseguró que Rafa estaría bien en sus clases, sin restricciones ni medicinas.

No sabía si aceptar resignada o ir a quejarme a la dirección del colegio. Al final salí del campo de fútbol con cierta esperanza en la convicción del profesor.

Hasta finales de año, Rafa transcurrió sus días entre los inhaladores de colores y los horarios estrictos de medicación, salvo en la clase de deportes.

Unos meses después, la agenda de Rafa llegó a la casa con la noticia de que representaría a su escuela en atletismo. Nos informaron que correría los cien metros planos. Casi lo asfixio con mi abrazo, pero por dentro me carcomía el temor de que vuelva la crisis de asma y crezca la frustración de ambos.

Llegó el día de la competencia. Su papá me envió varios mensajes de texto para que me apure y no me pierda la prueba. Llevé en la cartera todos los inhaladores por un caso.

Pum! La carrera arrancó. Rafa salió veloz entre los primeros, sus zapatillas rojas casi no tocaban la pista, parecía que volaba. La mirada al frente, las manos empuñadas cortando el viento, fue dejando atrás uno a uno, directo a la meta. Comencé a gritar para alentarlo, grité fuerte, salté, levanté los brazos y cuando faltaban pocos metros reconoció mi voz en la tribuna y se paró para ubicarme. Le costó la medalla de oro. Llegó segundo. Igual salté a la pista para abrazarlo, riendo y llorando. Rafa no ganó la carrera, pero derrotó al asma.

Del atletismo pasó al fútbol como jugando. Ese mismo año participó con su equipo en su primer campeonato, todavía no era arquero, el cambio llegó después.

Ahora tengo el privilegio de verlo los fines de semana en los estadios sentada en primera fila. Solo sufro al bañarlo cuando se pinta con plumón, en las piernas y brazos, los mismos tatuajes que lucen sus jugadores favoritos. Ese es mi Mundial.

* Periodista y mamá.

Foto: Difusión

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