Crónica

Mi último hombre

Por Claudia Mostajo Díaz (*)

La primera vez que Rafa se paró debajo del arco le hicieron un gol a los cinco minutos. El rival era un equipo chileno, de Iquique para ser precisos. Era la semifinal de un torneo en Tacna. Los goles siempre son culpa del último hombre. Ese día fue culpa de mi último hombrecito.

Cuando acepté que sea arquero sentí que lo condenaba a una sentencia que no merecía. En la temporada previa sólo había coqueteado con el arco breves minutos. Su posición fija era en la defensa. No lo hacía mal. Antes había sido delantero, pero los nervios le ganaban a la hora de patear al arco. También fue volante, pero era demasiado distraído para ayudar armar el juego con los compañeros.

El día del partido llegamos de madrugada a Tacna, viajamos toda la noche. Nos quedamos en un hospedaje cerca al terminal de buses. Sin lujos, pero con ganas. Viajar con mi hijo y compartir su emoción, fue un partido aparte.

Desayunamos en el Mercado Central. Un jugo de plátano con sándwich de huevo para el pelotero. A media mañana partimos a la inauguración del torneo. Luis “El Cuto” Guadalupe, era la estrella invitada. A mi insistencia, Rafa se tomó una foto con el ex defensa de “U”. Me preguntó mil veces quién era ese moreno de casi dos metros.

No le alcanza la memoria para saber que “El Cuto” tuvo sus quince minutos de fama en el fútbol peruano.

Con “La Mancha Morada”, así se llamaba nuestra barra, ocupamos parte de la tribuna occidente del estadio Jorge Basadre. Estábamos uniformados y armados con globos, papel picado, una tarola, un bombo, silbatos y bubucelas. La fiesta se vivía como si fuera la inauguración de los Juegos Olímpicos. Niños con sus padres, mamás correteando con medias y uniformes, organizadores con premios y medallas, entrenadores afinando la estrategia, todo estaba previsto como para una final de campeonato.

En nuestro equipo sólo faltaba Santiago, el arquero. Teníamos fe en que llegue en cualquier momento, pero faltando poco para el partido, Carlitos, papá de Carlos Piero, me dijo: Clau, Santiago no llegará. Y me entregó un par de guantes rojos. Lo miré incrédula, algo andaba mal, felizmente reaccioné a tiempo y me fui al mercado Bolognesi a comprar una camiseta de arquero para Rafa.

Antes de que mi último hombre entre a la cancha le dije: no te preocupes, no pasará nada, sólo mira la pelota y agárrala fuerte, no la sueltes, yo no dejaré de verte pase lo que pase, tú sólo me miras, a nadie más”.

El entrenador le dio unas indicaciones y ensayaron algunas atajadas. Me mordía las uñas como si yo fuera a ser fusilada. Llevé a Rafa a que se divierta en el torneo y temía que termine desencantado del fútbol.

Comenzamos mal. Gonzalo quedó sólo en la defensa porque Rafa era su compañero natural, hacían una dupla de centrales insuperables. La esperanza estaba en Andrés, el goleador del equipo, hijo de Gloria, la más entusiasta en que Rafa sea el refuerzo del equipo. El resto de jugadores también estaban nerviosos porque no tenían al arquero con el que habían practicado y sin Rafa en la defensa.

Al equipo le faltaba concentración, posición, garra, entrega. Estaban como en sus primeras prácticas corriendo todos detrás de la pelota. Ya no se escuchaba la tarola ni el bombo.

Después del primer gol, Rafa me miró desconcertado. Empecé a comunicarme con él con la mirada, con ese lenguaje que desarrollamos desde que él pisa la cancha y yo la tribuna. “Sigue”. “Estoy contigo”. “Te amo”. Le dije. Pude percibir su impotencia de no poder responder mejor, pero también sus ganas de querer hacerlo.

El equipo iba peor, no nos hacían más goles por la protección del Señor de Locumba o la Virgencita de Chapi. Hasta que Machi, mamá de Gianfranquito bajó las gradas y se prendió de la malla a gritar con el alma. Los chicos reaccionaron. Andrés comenzó a bailar con el balón, Gianfranco se plantó en el medio campo con decisión, Gonzalo bajó unos metros para jugar con Maximiliano, Hazel recorrió el campo de lado a lado junto a Diego y Carlo Piero fue la sensación en el ataque. Rafa salvó su arco del segundo gol y agarró confianza. Se empezó a lanzar sin importarle la caída, salía a cortar las jugadas y cogía el balón con aplomo.

Al fin se pusieron a jugar. La celebración de nuestros goles se hizo al estilo de CR7. Andrés imita a la perfección al portugués. Todos se abrazaron cuando terminó el partido. Ganamos tres a uno con Rafa en el arco. Ganarle a un equipo chileno siempre provoca una emoción especial. Cosas del fútbol. Pasamos a la final con el Semillero Bolito de Tacna. Esa fue otra historia.

El entrenador del equipo de Iquique se acercó muy amable y nos felicitó. Elogió a Rafa. “No le teme a la pelota, eso es bueno”, me dijo mientras en la tribuna gritaban “Rafa, Rafa, Rafa”.

Desde esa tarde mi hijo se convirtió en el arquero.

–Por qué te gusta ser arquero mi amor–. Le pregunté el otro día.

–Me gusta sentir esa cosa que te da cuando la pelota llega al arco–. Me dijo.

Quiero entender que es una especie de adrenalina. En el fondo, ser arquero es eso, no es sentir miedo, es emoción y responsabilidad. Eres quien no puede no fallar. Eres el último hombre. Rafa, es mi último hombre.

 

* Periodista y mamá.

One Response

  1. Una historia real, parte de la vida de muchas personas, muy bonito Clau

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