Opinión

Ocho son suficientes

Por Jorge Turpo Rivas

Si los hijos son la razón de la existencia, mi madre tiene ocho razones para existir. De sus setenta y cinco años, seis los pasó embarazada. Más de media década de su vida con la barriga gigante. Setenta y dos meses gestando a sus ocho hijos. 2 mil 160 días, 51 mil 840 horas.

Mi madre no se conformó con la parejita. Tampoco con los dos varones y la mujercita que buscan muchas parejas. Se pasó de lo común y formó un equipo de fulbito con dos suplentes.

«Eran otros tiempos», me dijo una vez que contemplábamos una fotografía que retrataba a sus ocho hijos formando una escalera de mayor a menor. Del más grande al más pequeño. La tomó mi padre con una Kodak.

En 1979, en China, se implantó la política del hijo único. Mis padres no habrían sobrevivido allí. Los chinos evitaron unos 400 millones de nacimientos hasta la fecha. Hace poco dieron los primeros pasos para eliminar esa política. El temor es que China se convierta en la primera economía que envejezca antes de volverse rica. Al 2050, más de un cuarto de la población tendrá más de 65 años.

Por eso, desde el 2013 permiten a las parejas tener un segundo hijo si alguno de los padres es hijo único. No les ha dado buen resultado, la mayoría de parejas solo desea criar un hijo. La política del hijo único caló hondo. Los segundos hijos de algunas familias eran declarados ilegales. Se les negaba el acceso al sistema de salud y a la educación gratuita. La multa que pagaban por violar la política del hijo único llegaba a unos 10 mil dólares. Mi padre habría terminado en la cárcel y con una deuda de 70 mil dólares. En el Perú no hubo política del hijo único, pero sí esterilizaciones forzadas en la dictadura de Fujimori. Los hijos son la vida que devuelves a la vida, pero aquí y en la China, no faltan los que quieren seres sin descendencia.

Cuando uno es el menor de ocho hermanos se debe acostumbrar a una lista de chistes gastados de todo tipo: «Seguro en tu casa no tenían televisor». «Se le rompió el jebe a tu viejo». «Fuiste el último pujo». Entonces se les respondía con cariño y respeto: «Y tu hermana también». Una con otra. Ley pareja no es dura.

Nadie planifica tener ocho hijos. En el tiempo en que mis padres se casaron, la planificación familiar era como ciencia ficción. La lógica era simple: ten los hijos que puedas amar, mantener y educar bien.

Alguna vez le pregunté a mi madre si volvería a tener ocho hijos. «Todititos. Igualitos a todos ustedes», me dijo.

De niño, cundo eres el último de ocho hermanos y quieres un juguete nuevo pero a papá no le alcanza porque tiene que vestir, educar y alimentar a tantas bocas, te invade un pensamiento malévolo, una interrogante más emocional que racional, quizás cruel, como venido de la China: ¿Por qué no soy hijo único?

El egoísmo se te pasa cuando reparas en que no cambiarías por nada en el mundo a tu hermano mayor que te enseñó a jugar fútbol. Tampoco al segundo que te enseñó a manejar. Ni al tercero que te enseñó a enamorar. Menos al cuarto que te subió a un avión por primera vez en tu vida. Ni a tus dos hermanas que te protegieron tanto. Ni al séptimo que elevó tu imaginación con la literatura. La felicidad completa es solo de las familias numerosas.

Cada Día de la Madre, los ocho hermanos y quince nietos, rodeamos a mi madre para seguir exprimiendo su cariño. Y eso es lo increíble, su cariño nunca se agota. Mi madre es como una eterna mujer embarazada.

 

* Ilustración: Marquiño.

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