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Paolo Guerrero. Y guerrero

Por Miguel Villegas (*)

Nunca hubo necesidad de buscarle un alias. Si Vargas era el ‘Loco’, Pizarro el ‘Bombardero’ o Farfán la ‘Foca’, al goleador de dos ediciones de la Copa América siempre costó decirle algo que no lo representara en su exacta dimensión. Y aquí entonces aparece una primera característica suya, natural, que acaso se notó desde que tomó maletas para Múnich a los 17 años, o en ese primer partido con la selección, nada menos que ante Chile —aquel gol del rebote— en el Nacional. La verdad estaba en su apellido. Paolo siempre fue Guerrero. Y guerrero.

Hay quienes encuentran misteriosos giros en la biografía del hijo de José y Petronila. Que su primer jardín de juegos haya sido una cancha de fútbol, a donde lo llevaba de mascota su tío Caico Gonzáles Ganoza. Que su primera aparición en televisión haya sido que con el hada madrina de los niños peruanos de los ochenta, Yola Polastri, que lo vio y dijo: «Mírenlo bien, que en unos años puede ser una gran estrella». Que haya nacido el 1 de enero, el primer día útil del año, detalle que garantiza suerte para toda la vida, según la mitología egipcia. Que Gerd Müller, el héroe germano de los setenta, su primer profesor en las inferiores del Bayern Múnich lo haya visto y, como si se tratara de una certera definición al gol, le dijera: «Tú te pareces a Cubillas. Eres el ‘Nene’».

O que su apellido sea así de concreto y definitivo.

La carrera de Paolo Guerrero hace que esta revisión biográfica sea todavía más asombrosa. El atacante que ha pasado del Hamburgo al Corinthians y luego al Flamengo ha sumado ya 32 goles, y es el máximo goleador de la selección peruana. Ha superado a Hugo Sotil y Teófilo Cubillas, el mundialista de los álbumes de cromos que nunca envejece. Fue goleador de la Copa América en Argentina, por encima de un killer del tamaño de Diego Forlán, Balón de Oro de la FIFA.

Salvo sus arrebatos violentos en Montevideo, el 6-0 ante Uruguay, la Eliminatoria a Sudáfrica, la presencia de Paolo es clave en la bicolor. En ese sentido, Guerrero es indispensable para la selección peruana, y su rendimiento superlativo. Tanto, que a veces uno cree que a quien realmente pertenece Guerrero es a Perú. Y que se lo presta a su club en Brasil para que juegue algunos partidos.

Como si fuera fácil, sus apariciones públicas fuera de la cancha marcan distancias insalvables con sus exitosos compañeros, tan ‘europeos’ y sofisticados como él. Si Farfán se intoxica con un cebiche, Pizarro se escapa al hipódromo o Vargas se reúne con sus patas en la esquina, Guerrero ayuda a un niño con problemas congénitos o apadrina a una cantante criolla en graves problemas de salud. Es como si Paolo hubiera entendido que, en esto del fútbol, existen dos caminos: o eres un crack o, más sencillamente, un ídolo. Mejor: el día que se acaben los dólares y aparezcan los dolores, para Paolo Guerrero siempre habrá un abrazo, una frase justa, o un beso porque se trata de un hombre querido. Y él —si me permiten— seguirá siendo el mismo muchacho que en sus ratos libres jugaba al fútbol y era feliz con él. El mismo peruano que, desde chiquito, era hincha de la selección. Como usted. Como yo.

Porque con Paolo, Perú sí es Guerrero. Y eso es emocionante, en medio de tanta noticia triste.

 

* Periodista del diario El Comercio. Texto publicado en la revista PlumaDganso.

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