Crónica

Una ciudad florece en el desierto

Surgió como una invasión hace seis años y ahora es un pueblo con Coliseo de Toros.

Por: Jorge Turpo Rivas

Cuando hace seis años, Jacinto Yanque llegó a este desierto después de atravesar todas las posibilidades de polvo, no encontró algarabía sino desolación. No fue un visionario. Tampoco un desertor. Decidió quedarse y hacer florecer la pampa árida con sus conocimientos traídos desde Tuti, su pueblo natal en el Valle del Colca.

Seis años después, Jacinto Yanque me ofrece un fruto de su tierra: una tuna verde, dulce, jugosa, como sembrada en otro mundo. A los setenta años convirtió su pedazo de desierto en una huerta tupida de árboles frutales, alfalfa, kiwicha, papas y flores.

Es uno de los fundadores de Jardín del Colca, una asociación que se extiende en las pampas y cerros de Yura – Arequipa, la segunda ciudad del Perú.

Niños de la escuela del pueblo Jardín del Colca.

Las filas de casas, en ambos lados de la vía sin asfalto, están a tres kilómetros de la quebrada donde un avión de Faucett se estrelló en febrero de 1996. Murieron 123 personas.

A los socios de Jardín del Colca no les gusta que les digan invasores, pero lo son. Ellos prefieren llamarse posesionarios. Es más, Hugo Mendoza, su actual presidente, dice que son conquistadores. De alguna forma también lo son. Han hecho del desierto un pueblo con futuro y ya nadie los mueve de allí. Esas tierras son del Gobierno Regional de Arequipa.

No tienen título de propiedad. Su conquista será exitosa cuando la autoridad regional decida fijar un precio y les venda los terrenos. Pero como en toda invasión, la vida continúa mientras se esperan los papeles que los declaren dueños de la tierra.

Han construido un reservorio de agua que puede servir a tres mil personas todo el día. Tienen energía eléctrica a domicilio, servicio de transporte público cada media hora desde las cuatro de la mañana, un campo de fútbol con nombre de inca: Tarko Waman, una cancha de gras sintético y un Coliseo de Toros donde solo se hacen corridas costumbristas. No matan al animal.

Hicieron un Coliseo de Toros en medio de una quebrada.

También tienen una escuela pública y un colegio privado. Marta Pari Ramos es una de las docentes del colegio privado Miguel Ángel Asturias. Hace dos años consiguió un lote en Jardín del Colca y se mudó.

«Me gusta porque la gente aquí es bien trabajadora y no hay delincuencia –dice Marta–. Poco a poco estamos saliendo adelante con todos los socios».

Marta tiene dos hijos, el mayor estudia Ingeniería Metalúrgica y el menor aún va a la escuela.

Junto a otra docente educan a unos treinta niños de inicial y primaria. Marta es de Puno, una región vecina.

Con el tiempo, los fundadores de Jardín del Colca han abierto las puertas de la asociación a familias de otras regiones. Ahora tienen vecinos que llegaron de Chumbivilcas, Espinar, Puno y Cusco en busca de una vivienda.

En la escuela inicial estatal solo hay una profesora. Eva Capira es cayllomina, nació y creció en el distrito de Sibayo como Hugo Mendoza, el presidente de la asociación. Son amigos de la infancia. Un par de décadas después –cada uno con su familia– se encontraron en Jardín del Colca. Los dos tuvieron que dejar su pueblo para estudiar en la universidad. Migraron a Arequipa y se graduaron en la Universidad Nacional San Agustín. Ella de profesora. Él de periodista.

«Hay gente que nos dice: por qué no se quedan en su tierra. Pero en Caylloma no hay universidad, no hay oportunidades cuando uno quiere surgir, por eso tuvimos que salir», dice Mendoza.

Muchos creen –agrega el dirigente– que el turismo en el Valle del Colca ha generado desarrollo para sus habitantes. No es tan cierto.

«Ha beneficiado a muy pocos, la mayoría son empresarios de Arequipa o extranjeros que han ido a invertir allí. Ellos ganan bien, mientras que nuestra gente apenas se lleva unos panes vendiendo artesanías ¿de qué desarrollo hablamos?».

En Jardín del Colca han reservado tres mil terrenos de mil metros cuadrados para que se instalen pequeñas y medianas industrias. La idea, dice Mendoza, es que su asociación sea un polo productivo. No quieren que solo sirva de dormitorio, es decir que todas las mañanas sus habitantes bajen a trabajar a la ciudad y regresen de noche a dormir.

La profesora Eva Capira cree en el futuro de este pueblo. Educa a veintiocho niños. Antes de iniciar la jornada les sirve el desayuno del programa estatal Qali Warma.

«Lo que nos falta –dice– es una Centro de Salud para realizar un control periódico a los niños».

Jardín del Colca tiene diez mil socios, pero solo unas trescientas familias viven en la zona. El resto solo visita sus terrenos los fines de semana o cuando hay alguna actividad programada.

Hugo Mendoza, presidente de Jardín del Colca.

¿Qué les dices a quienes los acusan a ustedes de ser traficantes de lotes? –. Le pregunté a Mendoza.

– No podemos negar que hay gente que sí tiene esos intereses, pero ha ocurrido en otras asociaciones, no en la nuestra. En otras hasta se han matado y hay gente en la cárcel por la ambición que genera el tráfico de terrenos. En Jardín del Colca todo se ha desarrollado con tranquilidad y sin mayores problemas porque atendemos una verdadera necesidad de la gente que migra de Caylloma y zonas aledañas.

¿Pero por qué apropiarse de tierras que no son de ustedes?

– Aunque suene duro decirlo, es una realidad: la única manera para que la gente pobre acceda a una vivienda ha sido y es a través de las invasiones. ¿Acaso el Estado crea programas de vivienda? Mira lo que quiere hacer el alcalde Alfredo Zegarra, dice que hará el Promuvi (Programa Municipal de Vivienda), pero ni tiene terrenos identificados, es populismo. Lamentablemente tenemos que posesionarnos de estas tierras que no están en el centro de la ciudad y que además queremos comprar a un precio justo, no que nos la regalen.

Los socios de Jardín del Colca ocupan diez mil hectáreas. Los lotes de vivienda son de 200 metros cuadrados y los de producción de mil.

Al ingreso de la asociación construyeron un Arco Collagua-Cabana (culturas pre-incas). «Representa el sacrificio y el esfuerzo de la conquista de estas tierras –dice Mendoza­–. Es el símbolo de un nuevo pueblo cayllomino en el corazón de Arequipa».

Cuando uno camina por las calles polvorientas de Jardín del Colca solo escucha el zumbido del viendo y, de rato en rato, el rugir del motor de algún avión volando bajito saliendo o entrando al aeropuerto Rodríguez Ballón.

El nuevo norte de Arequipa está en estos pueblos donde las casas aún no tienen agua ni desagüe, ni pistas asfaltadas. Cierto, se perdió la oportunidad de planificar una nueva ciudad ordenada con programas de vivienda que eviten las invasiones.

Pero en esos pueblos, como ocurre en la ciudad, cada quien vive como puede y como quiere. Jacinto Yanque decidió vivir entre vegetación y aire puro. Está dominando la tierra del desierto para cultivarla. La abona con hiervas silvestres mezcladas con guano de animales y ya cosecha los primeros frutos. El verdadero Jardín del Colca está en su huerta.

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